Tres poemas del torrevejense Eduardo Aranda Hortelano han sido seleccionados para su publicación en la Revista Montaje, un espacio literario chileno que da voz a autores tanto nacionales como extranjeros.
Las obras elegidas son:
- Corazón indomable, una oda a la mujer torrevejense que el autor entregó a la Asociación Amas de Casa de la ciudad salinera el pasado mes de julio.
- Soledad, versos que reflexionan sobre esos periodos en los que este amargo sentimiento se apodera del alma, mostrando cómo el ser humano, en su caminar vital, no está exento de experimentarla por mucho que intente evitarla.
- Pasión al atardecer, una exaltación del primer amor juvenil, donde surgen con intensidad esos sentimientos vivos de deseo y entrega apasionada.
A continuación, los poemas seleccionados:
CORAZÓN INDOMABLE
Eres un corazón indomable,
esencia de sal admirable.
Tornado de fuerza impetuosa,
azucena galante y hermosa.
Bella flor de azahar,
inocente lirio primaveral.
Esta tierra fértil nos ofrendó
el clavel que nuestra alma prendó.
En ese grácil movimiento,
en cada mirada al descubierto,
brotan sinceras alabanzas
reconociendo sus miles gracias.
¡Jubiloso el orbe exulta
en piropos a la mujer augusta!
Y Torrevieja experimenta el gran gozo
de su semblante dichoso.
SOLEDAD
Soledad, que aprisiona en un instante
alma, vida y libertad.
Eres reina de la incertidumbre
y madre de la eternidad.
De tus manos brota el desconsuelo
y a ello con desdicha me aferro,
sintiendo con amargura el desamparo
en los trances que llevan al ocaso.
De tus ojos nace el luto,
y el tormento más humano.
En ellos se refleja cada minuto
los lamentos que emigraron.
Mira con compasión mi congoja
y apiádate en mi dolor,
mas solo puedo suplicar el calor
de una mano que me coja.
Quiero sentir ese fuego abrasador
que inflame mi contrito corazón.
Sentir nuevamente tu calor,
helado tras este destino feroz.
PASIÓN AL ATARDECER
Entrelazamos nuestros frágiles cuerpos
ofrendando mutuamente las almas.
En el olvido sucumbieron los lamentos
que ahora yacen entre las ascuas.
Latido en desenfreno incesante
desbocando el corazón,
y a un ritmo jadeante
cedemos ante la sinrazón.
Sutil se desliza el sudor por su piel,
cristalinas gotas que saben a miel,
y su esencia en celestial vergel
impregna exultante el amanecer.
Acaricia una vez más mi semblante,
sonrojando las mejillas de este infante.
Néctar de tus labios carmesí mana
en manantial que por siempre sana.
Frenéticamente se acelera el pulso
en este encuentro excitado y convulso.
Deténgase el tiempo que nos apremia
y reine nuestra esperanza bohemia.


















