Hace un par de años tuve la oportunidad de viajar a Polonia. Recorrí Varsovia, una ciudad aún marcada por las cicatrices de la ocupación nazi, y me dejé atrapar por la belleza de Cracovia. Pero, sobre todo, cumplí con una visita obligada: los campos de concentración y exterminio de Auschwitz y Auschwitz-Birkenau.
La experiencia es indescriptible: caminar por los barracones, ver las cámaras de gas, sentir el frío metálico de la historia reciente. Se dice siempre que hay que conocer esos lugares para no repetir jamás un capítulo semejante. Pero la realidad es que el ser humano no sólo repite sus horrores: los refina, los amplifica y, lo peor de todo, los convierte en espectáculo.
Hoy, a la vista de todo el mundo y retransmitido en directo por televisión, prensa y redes sociales, Israel —bajo el mando del criminal Netanyahu— ejecuta un genocidio en suelo palestino que rivaliza en brutalidad con los campos que visité en Polonia. Más de 60.000 muertos, decenas de miles de heridos y desaparecidos, millones de desplazados… y detrás de cada número, una vida rota, una madre desesperada, sobre todo un niño sin futuro. Un niño que muere de hambre mientras aquí nos preguntamos qué serie ver esta noche.
Los niños de Gaza —hambrientos, famélicos, sin medicinas, sin agua y sin refugios reales— se cuentan por miles. Una generación entera arrancada de raíz ante la pasividad de gobiernos, organismos, instituciones internacionales que solo balbucean condenas tibias mientras se hacen cómplices por omisión. Lo llaman “conflicto”. No: esto es un genocidio retransmitido en directo, el genocidio del siglo XXI.
Y lo sabemos todos. Lo vemos todos. Y nadie hace nada. En Ucrania, la comunidad internacional aplicó boicots, bloqueos, expulsiones deportivas y culturales hacia Rusia. Aquí, silencio absoluto. ¿Por qué? ¿Qué oscuros intereses blindan al carnicero de Tel Aviv para que pueda anunciar sin pudor que seguirá matando hasta que no quede un palestino vivo?
La hipocresía mundial alcanzará su punto máximo cuando, dentro de unos años, se venda el “Luxuri Gaza Resort Internacional” como atracción turística. Un escenario de selfies y fotos para redes sociales, sobre los restos aún calientes de lo que hoy vivimos en directo. Ese será el colofón nauseabundo de este tiempo: la conversión del genocidio en negocio, en destino turístico.
La Historia nos enseñó Auschwitz para que no se repitiera. Nosotros, cómodamente instalados en nuestra indiferencia, estamos permitiendo que se repita de nuevo, pero esta vez televisado, compartido y hasta celebrado en las redes.
No basta con lamentarse. No basta con mirar hacia otro lado y dejar pasar las atrocidades. ¡Debemos actuar, debemos movernos, debemos movilizarnos! Esto no puede quedar así. La Historia nos juzgará por lo que hagamos, o por lo que decidamos no hacer. Que nadie diga mañana “yo no sabía”. Que nadie diga mañana “no se podía hacer nada”.
Este es el verdadero rostro de nuestra época: Vergüenza Mundial.
Juan Carlos García -Todo Torrevieja-

















