Apoyar Ceuta o utilizar Ceuta?
Apoyar a Ceuta no debería convertirse en una excusa para alimentar el odio, la xenofobia y los bulos. Una reflexión sobre inmigración, redes sociales y democracia.
5 Sep, 2026

Hace más de 50 años que murió el dictador y, durante todos estos años en los que se instauró y consolidó la democracia en nuestro país, quienes ya tenemos edad de jubilados hemos pasado —algunos, sufrido— por ocho presidentes del Gobierno de distinto color político.

Históricamente, el presidente de turno ha tomado buenas decisiones y otras no tan acertadas, que en ocasiones han llegado a crispar a una parte de la sociedad, al mismo tiempo que agradaban a otra, dependiendo de la ideología de cada cual.

Pero, al fin y al cabo, cada uno, con sus ideas, respetaba, aunque fuera a regañadientes, las actuaciones de los gobernantes, con la esperanza de que las urnas, herramienta soberana de la democracia, nos dieran la oportunidad de propiciar un giro político en nuestra sociedad.

Todo el mundo se informaba a través de la prensa, la radio y la televisión, medios que, con mayor o menor sesgo político, nos mantenían al día de los acontecimientos.

Con este panorama hemos ido creciendo como sociedad, con nuestros claros y oscuros, incluidas las corruptelas de algunos indeseables que se aprovecharon de su posición para obtener rédito personal y que, afortunadamente, el tiempo fue poniendo casi a todos en su sitio… o en su celda.

El gran cambio en la comunicación

El 29 de octubre de 1969, en la Universidad de UCLA, se logró la primera conexión entre dos ordenadores. Posteriormente nació Internet tal como hoy lo conocemos y, el 4 de febrero de 2004, Mark Zuckerberg creó Facebook, una plataforma que acabaría dando un vuelco a la historia de la comunicación, a nuestros conceptos sociales y, en definitiva, a la sociedad global.

Para mí, ahí comenzó el gran problema mundial.

Cualquier persona, desde un perfil verdadero o falso, puede decir, publicar, difamar o inventar prácticamente cualquier cosa, sin el menor escrúpulo ni filtro, sabiendo que muchos otros lo van a creer sin preguntar, contrastar o informarse. Se da por cierto aquello que aparece en esa pequeña pantalla que, en ocasiones, puede resultar verdaderamente perversa.

Y un ejemplo de ello lo estamos viendo en nuestro país.

Cada mañana, al levantarnos, lo primero que hacemos muchos es mirar el teléfono móvil para comprobar las barbaridades, bulos y extravagancias que se publican a cada minuto, junto con las noticias verdaderas y relevantes.

Y el problema no sería que eso ocurriera si todo acabara ahí.

El verdadero problema es que millones de personas dan pábulo a esas informaciones sin contrastar si son ciertas o no. De esta manera, se alimentan odios, enfrentamientos y teorías conspirativas que, de estar mejor informados o simplemente de buscar otras fuentes, quizá permitirían ver la realidad con algo más de claridad.

Y llegamos a Ceuta

Vayamos a algo reciente.

El pasado 2 de septiembre se convocaron concentraciones en todos o casi todos los municipios de España en apoyo a la ciudad de Ceuta por la reciente llegada masiva de ciudadanos magrebíes. Se trata, sin duda, de un asunto complejo y difícil de solucionar, especialmente por lo inusual de la situación.

No voy a entrar a valorar si se ha actuado bien o mal. Como millones de ciudadanos, desconozco los protocolos que deben seguirse en circunstancias como estas —aunque imagino que, en ningún caso, consistirán simplemente en echar a la gente a gorrazos—.

Pero, además del problema en sí, se ha añadido un bombardeo generalizado en las redes sociales con bulos de toda índole, proclamas racistas y xenófobas, voceros habituales viajando en primera clase hasta el pueblo ceutí, artículos de la Constitución inventados y toda clase de patrañas que han terminado eclipsando la realidad.

Y todo esto nos ha llevado a contemplar unas vergonzosas y tercermundistas imágenes que hemos podido ver en los medios.

Grupos de personas impidiendo la asistencia básica y humanitaria de agua y comida. Otras incendiando los precarios refugios de cartón, al más puro estilo de la Edad Media. Agresiones físicas a reporteros que simplemente estaban realizando su trabajo y cubriendo las noticias. Grupos de ciudadanos insultando gravemente al presidente del Gobierno, algo que nunca había sucedido en democracia con semejante intensidad, incluso frente a otros presidentes que tuvieron actuaciones tan o más desafortunadas.

Proclamas xenófobas y fascistas pronunciadas sin ningún tipo de sonrojo ante alcaldes y concejales que, quiero suponer, asistieron avergonzados a semejante espectáculo.

Imagino que cualquier ciudadano que un día cualquiera se vea en televisión, durante una comida familiar, gritando con la cara desencajada «¡fulano, hijo de tal!», mientras está envuelto en la bandera de su país, tendrá que explicar después a su familia qué le ocurrió para llegar a semejante situación.

¿Apoyar Ceuta o utilizar Ceuta?

Y repito: no estoy juzgando si se ha hecho bien, mal o regular. Eso se lo dejo a los analistas, expertos y responsables políticos que, con toda la información disponible, deberían explicar qué ha sucedido y cuáles son las soluciones posibles.

Pero la imagen que hemos dado al mundo el día 2 es muy difícil de explicar.

Y más difícil todavía cuando, en nuestro propio pueblo, los inmigrantes —con papeles o sin ellos— nos superan, y por mucho, en número.

Son personas que han conseguido instalarse en nuestro país y encontrar trabajo y estabilidad. Personas que, en muchos casos, han podido rehacer sus vidas gracias a que vivimos en un país democrático, acogedor y generador de empleo.

Y, paradójicamente, a algunos de estos mismos inmigrantes también se les ha podido ver participando en este mal llamado «apoyo a Ceuta».

Porque una cosa es apoyar a Ceuta.

Otra muy distinta es utilizar Ceuta como excusa para dar rienda suelta al odio, a los insultos, a las descalificaciones y a consignas de dudoso gusto.

Un apoyo que duró apenas unos minutos para pasar directamente al despropósito.

Y quiero pensar que muchas de esas actitudes son fruto de la ignorancia y, sobre todo, del desconocimiento de lo que realmente ha ocurrido y de la complejidad del problema que, desgraciadamente, nos ha tocado afrontar.

Porque apoyar a Ceuta no debería significar atacar al que tenemos enfrente.

Apoyar a Ceuta debería significar defender a sus ciudadanos, exigir soluciones, reclamar seguridad, pedir que se cumplan las leyes y, al mismo tiempo, no perder aquello que durante tantos años nos ha costado construir: una sociedad democrática en la que las diferencias se resuelven con palabras, con leyes y con votos, no con violencia, odio o intolerancia.

Solo es una reflexión para pensar un poco sobre estos bochornosos acontecimientos y sobre adónde nos pueden llevar.

Porque si seguimos alimentando esta escalada de enfrentamiento, insultos, bulos y xenofobia, podemos intuir cuál será el resultado.

Y, desde luego, no será bueno para nadie.

Juan Carlos Garcia Sala

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